Ponernos y amarrarnos los zapatos es algo que nuestros padres nos enseñan cuando somos pequeños, al comienzo la experiencia es algo retadora, da la vuelta, arma el nudo, saca el dedo y aprieta, una y otra vez hasta que al fin lo logramos, lo hablo en plural porque es un logro para nuestros padres y para nosotros en ese camino a que seamos independientes y que estemos listos para la vida que se aproxima.

¡¡¡A la edad de 4 ó 5 años ya pudimos amarrarnos los zapatos, que logro!!!, siguen retos similares que iremos cumpliendo progresivamente, nos lavaremos los dientes solos, comeremos solos, nos bañaremos solos, habrá unos retos con mayor dificultad que otros y llegara el momento de afrontar un reto que difícilmente pasaremos, o mejor dicho, algunas veces pasaremos y otras veces no, el reto de ponernos en los zapatos del otro.
Nuestros padres generalmente se preocupan porque no nos haga falta nada, porque tengamos la mejor educación, las mejores oportunidades, la mejor comida, el mejor vestido, siempre de acuerdo con sus posibilidades, pero algo que tal vez ellos deberían hacer constantemente aparte de enseñarnos a ponernos los zapatos, es enseñarnos a ponernos en los zapatos del otro. Si desde pequeños empezamos con ayuda de nuestra familia a cultivar ese maravilloso don de la empatía, la vida de todos se ubicaría en un nivel diferente, quizás podríamos salir todos adelante como una sociedad más amable.
La empatía es algo que se cultiva, es algo que se trabaja para desarrollar, es algo que podemos aplicar y deberíamos aplicar todos los días de nuestra vida, en todas nuestras interacciones, eso sí, sin descuidar nuestros intereses propios, la idea es encontrar un balance entre el bienestar de los demás y nuestro bienestar.
Cuando la empatía permea nuestro día a día inevitablemente permeará nuestras actividades en familia y también en el trabajo; Imagínense un mundo corporativo donde podamos aplicar las enseñanzas de nuestros padres y la empatía sea la protagonista, donde nos pongamos genuinamente en los zapatos de los clientes, en ofrecerles productos o servicios que realmente estén en línea con sus intereses y bienestar, donde nos pongamos en los zapatos de nuestros empleados, en ofrecerles condiciones de trabajo dignas, respetuosas y motivantes. No podemos olvidar tampoco nuestros inversionistas, debemos entender que la rentabilidad y el retorno de su inversión es una obligación con ellos, si queremos impactar positivamente al mundo con nuestros servicios, y no debemos dejar a un lado que sienten los proveedores, las comunidades y el medio ambiente.
Si el propósito superior es el motor de las organizaciones, la empatía debería ser la gasolina que se inyecta a ese motor para llegar a nuestro destino.